La incertidumbre y la medicina son dos conceptos íntimamente ligados. Quizás, no habías reparado en esta combinación, pero quienes trabajamos a diario con los conceptos médicos la tenemos necesariamente en cuenta. Forma parte del sino de la profesión, por lo que debemos aprender a manejar la incertidumbre.

Una discusión semántica

En primer lugar, reconocemos que tal vez te sorprenda que en un ámbito tan científico como la medicina se sigan produciendo debates acerca de la terminología a emplear. Conceptos como la incertidumbre pueden parecerte más propios de la literatura o las ciencias sociales que del campo de la medicina. Sin embargo, la incertidumbre, entendida, según la definición de la Real Academia Española de la Lengua, como la falta de certeza, supone un concepto de una gran utilidad para identificar las dinámicas propias de todos los actos médicos.

A continuación, nos adentramos en algunas observaciones acerca de él. Pese a que a día de hoy tiene un calado quizás más importante en la cultura popular, también forma parte de la científica.

Un debate en el seno de la profesión

La incertidumbre está presente en la ciencia médica desde sus inicios, puesto que ya sus precursores fueron muy conscientes de ella. Por tomar alguna referencia que pueda servir de precedente, queremos destacar la definición que a principios del siglo XX popularizó William Osler, quien aseguró que la medicina era tanto el arte de la probabilidad como la ciencia de la incertidumbre.

Resulta evidente que, ciento veinte años después, las probabilidades que pudiéramos asignar al azar se han reducido. Y este éxito se debe a la acumulación de saber que han propiciado todas las investigaciones médicas, con sus errores y aciertos correspondientes. Sin duda, estos avances, que se incorporan de manera cuantitativa y cualitativa, tienden a reducir el margen de la incertidumbre. Lo minimizan merced a una acumulación de recursos que, en todo caso, va a favorecer la curación de los pacientes. Sin embargo, aunque la podamos reducir a casi la mínima expresión, no es posible hacer desaparecer del todo la incertidumbre.

Siempre existirá un porcentaje de incertidumbre con el que tendrán que contar los médicos e incluso deberán hacerla suya como parte de la explicación de sus tratamientos. No nos referimos a que se resignen ante ella, sino a que informen consecuentemente de su existencia e incidencia. Como asumir la influencia de una proporción imposible de cuantificar de incertidumbre puede resultar traumático para determinados profesionales, entendemos que en el sector se haya hecho un esfuerzo por proporcionar una explicación que racionalice este concepto de la incerteza en el marco científico médico.

Sin lugar a dudas, la visión que han tenido, desde un punto de vista corporativo, los técnicos del ámbito médico a la hora de poner en común y en valor la incertidumbre ha sido clave a la hora de interiorizar sus efectos. En las siguientes líneas explicamos las bases de la incorporación sin prejuicios de este concepto a todos los análisis.

Angustia e inquietud: la asociación que nadie desea

Efectivamente. No la quieren ni el doctor ni el paciente. Angustia e inquietud son dos conceptos que no nos conviene que se relacionen. Por eso es importante que quienes forman a los médicos en las universidades les enseñen a ponderar ese grado de incertidumbre permanente.

Solo desde la soberbia y el egocentrismo, conceptos totalmente contrarios a la ciencia médica, podemos caer en la desazón que provoca una desesperación por no poder tener controlados todos los factores de una enfermedad o un tratamiento.

A grandes rasgos, hay dos fuentes de esta combinación de sentimientos que ocasiona amargura. Por una parte, la limitación de los conocimientos de un profesional médico, que le genera una cierta desconfianza en sus métodos. En especial durante sus primeros pasos en la profesión. Se trata de una limitación tanto técnica como emocional, pero hemos de señalar que se puede paliar mediante la experiencia y adquisición de nuevos conocimientos, por lo que esta complicación puede ser de una naturaleza relativamente temporal. Por otro lado, también hay una parte de la incertidumbre que se debe a las variaciones de los individuos ante los tratamientos (inscritas en sus mismos genomas) e incluso a la incidencia del azar.

Manejar la incertidumbre como clave para el éxito

El manejo de la incertidumbre consiste en una asunción crítica de su relevancia en los tratamientos. No implica resignarse a que proyecte su influencia en los resultados del tratamiento, sino que significa que hoy en día tenemos herramientas suficientes para limitarla. Nos referimos a recursos como el trabajo en equipo a la hora de compartir conocimientos y responsabilidades, la empatía con un paciente al que le podemos dedicar más tiempo, el uso de tecnologías más sofisticadas y el incremento de estudios y pruebas.